Alarilla - Historía
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Época Romana
TRAS LAS HUELLAS DE SERTORIO EN HISPANIA: Arqueología DE LA PRIMERA GUERRA CIVIL ROMANA (82-72 a.C.). María Luisa Pérez Gutíerrez
 
Trabajo llevado a cabo para fin de carrera de doña Maria Luisa Pérez Gutierrez, en este trabajo se detallan algunos de los restos arqueológicos encontrados en el municipio de Alarilla, provincia de Guadalajara, al respecto de la Primera Guerra Civil Romana.
 
CONTEXTO HISTÓRICO

 

La República romana en tiempos de Sertorio (122 a.C.-72 a.C.)

 

La crisis de la República Romana vino de la mano de los cambios y transformaciones del modelo político y social de Roma. La res publica será sustituida por una monarquía iniciada por César y consolidada por Augusto. Podemos observar un punto de inflexión en dos períodos: bellum Sociale entre el 91 al 89 a.C. y período silano, a finales de los años 80 a.C.

 

Los factores más importantes de la crisis son varios; por un lado, la ruptura de la cohesión interna de la sociedad de Roma, que había garantizado hasta entonces su estabilidad y había facilitado la expansión de su imperio.

 

Tal y como mantiene Duplá, “no se trata propiamente de una crisis económica, sino más bien de los problemas derivados de una irregular distribución de los beneficios y un reparto desigual de la riqueza”.6 Consecuentemente aumentaron las desigualdades, el empeoramiento de las condiciones vitales y laborales y los desajustes constitucionales que distorsionaron las bases de la república aristocrática clásica.

 

El año 133 a.C. fue el detonante del deterioro de Roma: entre el 133 y 90 a.C. la República conoce una vida política llena de nuevas ideas que deseaban cambiar la Urbs. Con las revueltas serviles del último tercio del siglo II a.C. la cuestión agraria de acceso a la propiedad de la tierra, la itálica de los socii (que pretendían disfrutar de los beneficios ciudadanos), los motines de la plebs urbana, etc. tal y como recoge Duplá, siguiendo a Polibio, “se habría roto definitivamente la deisidaimonia (temor a los dioses) como mecanismo ideológico de cohesión social que neutralizaba el potencial desestabilizador de la plebe romana”. El Estado no consiguió dar solución a las peticiones de la masa ciudadana romana y provincial (nuestros hispanos), ansiosos de un cambio por la crisis que se intuía.

 

Los intelectuales e idealistas republicanos estaban al tanto de las nefastas consecuencias que traería la resignación de la libertad, pero sin aportar soluciones nuevas y realistas: si la dictadura de Sila suscitó una profunda remodelación constitucional con tendencia a reconstruir la República tradicional en la que el senado volvería a tener la autoridad y preeminencia en la organización estatal romana, su muerte abre un periodo de treinta años que contempla la desaparición del régimen republicano aristocrático hacia una autocracia militar conocida como la “última generación de la República”, uno de los periodos mejor documentados de la historia romana, gracias a los testimonios de Cicerón, César y Salustio, quienes aclamaron este periodo como uno de los más significativos de los últimos años de la República.

 

Sila dejó el control en manos de una oligarquía a la que donó los presupuestos constitucionales necesarios para ejercer el poder a través del Senado, debilitado por la desaparición de las familias nobles purgadas en los sucesivos golpes llevados a cabo por el dictador, quienes los sustituirían por miembros del ejército. En estos años, la ilegalidad se hizo endémica, pero la causa no eran las leyes: el fallo se encontraba en los hombres. Según Cicerón, Roma tenía la mejor “constitución”, pero comprendía que “la verdadera fuerza era las costumbres de sus ciudadanos.

 

La decadencia moral de sus conciudadanos trajo consigo el fraccionamiento de su excelente constitución”. La raíz del mal romano se encontraba en la ambición.

 

Syme en su The Roman Revolution vinculará esta sedición del final republicano con las crisis agrarias, cambios estructurales profundos, dificultades económicas, propuestas de reforma y enfrentamientos políticos y sociales entre conservadores (defensoras de la arbitrariedad de las élites) y progresistas (defensoras de la soberanía popular). Esto se entenderá como un conflicto político “entre la aristocracia tradicional más conservadora y el movimiento democratizador de los llamados populares”.

 
Roma y los hispanos: situación de la Península Ibérica a la llegada de Sertorio

 

En Hispania los romanos fueron los herederos directos de la presencia de Carthago y la creación de dos provincias con mandos permanentes desde el 197 a.C. siendo creada para combatir la amenaza púnica. Una vez conseguidos sus objetivos el paso a seguir hubiera sido retirar a las tropas dejando de denominar prouincia a Hispania, pero el cese de una intervención resulta a menudo más complicado que su comienzo. De este modo la decisión de Roma de intervenir en Hispania en el 218 a.C. había sido senatorial, pero posteriormente las decisiones habían sido trazadas por los generales enviados. Desde el 206 el senado y los generales se vieron obligados a trabajar conjuntamente.

 

En el 218 a.C., cuando el Senado romano asignó por primera vez Hispania como prouincia ésta no era desconocida en su totalidad: lo que sabían de ella tenía menos que ver con las gentes que habitaban la mayoría del país, que con los dos grupos de colonizadores fenicios, cartagineses y griego establecidos a lo largo del litoral del este y del sur de la península. Los primeros autores clásicos que hablan en detalle de la geografía y poblaciones hispanas datan del I d.C.; destaca Estrabón, quien en su obra se lamenta de la dificultad de precisión a la hora de tratar los pueblos de la Península Ibérica, debido al pequeño tamaño de las unidades en las que estaban divididos y a la incompetencia de los autores griegos y latinos que lo habían precedido.

 

Tras años de años de operaciones reinó una “paz relativa” entre el 180 y 155 a.C., y a pesar de tener que mantener en la Península numerosos efectivos, ambas provincias conocieron una prosperidad real, plasmada en las numerosas fundaciones e intensa explotación minera. Los indígenas se sentían expoliados, lo que llevó a los lusitanos a atacar la Bética y a los celtíberos la Citerior. El fracaso de las legiones entre el 154 y 151 a.C. trajo la dureza de actividades represoras, estallando en una dura revuelta dirigida por Viriato: hizo falta una decena de años para terminar con ella.

 

Hispania fue una preocupación constante, y, en palabras de Christol y Nony, “una devoradora de soldados”, puesto que las levas generaron violentos conflictos políticos mal conocidos entre los tribunos de la plebe y los cónsules.

 

 

La conquista de la Península Ibérica ofrecía opulentas tierras a los veteranos y a los itálicos emprendedores (quienes se asentaron en el Levante y llanura del Guadalquivir), la explotación minera que aportaba numerosos beneficios y permitía la acuñación del denario ibérico, y además, obligaba a los indígenas a pagar tributos y suministrar tropas auxiliares.

 

Nunca hubo un plan claro para conquistar la península, sino que se produjo una situación de azar para buscar pueblos contra los que guerrear y botín que llevarse.

 

Tras la derrota cartaginesa Roma se encontró ante un territorio enorme compuesto por un conjunto muy diferente de pueblos indígenas, que, en líneas generales, pueden dividirse en dos grupos: los que ocupaban la cosa levantina y el sur peninsular, y los del interior y la costa atlántica y cántabra. Hasta el siglo III a.C. se distinguían en la parte septentrional un grupo céltico que ocupaban desde las montañas litorales hasta la sierra de la Demanda y de Cuenca, el valle del Ebro, las costas gallegas y portuguesas hasta Lisboa y la desembocadura del Tajo. Los que ocupaban la Meseta central peninsular fueron denominados por autores latinos y griegos comúnmente como celtíberos.  Al oeste de estos vivían los vettones y los vacceos, en la cuenca central del Duero. Los lusitanos, por su parte, ocupaban la zona entre el Tajo y el Duero. En el extremo noroccidental habitaban los galaicos, seguidos los astures, y más allá los cántabros en las montañas palentinas y cántabras.  Los pueblos de este primer grupo pertenecían a una misma unidad étnica. Pero los de otros rincones peninsulares “podrían definirse más bien como un continuum cultural”.  La franja costera que va desde la vertiente francesa de los Pirineos y Cataluña hasta Murcia, y el valle del Guadalquivir, estaban habitados por los iberos.  Al sur, en la parte occidental del Guadalquivir, encontramos la región denominada por los romanos como Turdetania. El desarrollo ibero de la costa oriental de la península se produjo más tardíamente. Y finalmente, aunque mal conocido, nos encontramos con los hablantes “de las lenguas euskáricas”, ancestro del vasco actual. En esta época su existencia se rastrea gracias a antropónimos y teónimos indígenas (recogidos en inscripciones latinas imperiales en la provincia de Navarra y la comarca aragonesa de las Cinco Villas).

 

Todos ellos sufrieron el impacto de los colonizadores griegos y fenicios (entre el IX y VI a.C.). Sobre todo, lo sufrieron los iberos del este y del sur.

 

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 https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/5550/PerezGutierrezMariaLuisa.pdf?sequence=1

 
Alarilla
 

Las Glandes Plumbeae del Valle del Ebro y la Celtiberia En la Citerior se han localizado exclusivamente proyectiles del bando sertoriano. Se trata de de plomo ovalados inscritos, hallados en Aranguren y Fitero (Navarra), Gabarda (Huesca), en la provincia de Zaragoza), en el campamento de Renieblas (Soria), en Alarilla, Taracena y Alcocer (Guadalajara), Encinasola (Huelva) y Valencia del Ventoso (Badajoz). Se conservan en los museos de Huesca y Zaragoza y en la Real Academia de la Historia en Madrid.

 
 

Figura 21: Proyectil de plomo ovalado de Gabarda. Museo de Huesca (ref. 03678).

 
 
 
 
 

                                  

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