|
CONTEXTO HISTÓRICO
La República romana en tiempos de
Sertorio (122 a.C.-72 a.C.)
La crisis de la República Romana
vino de la mano de los cambios y transformaciones del modelo político y social
de Roma. La res publica será sustituida por una monarquía iniciada por César y
consolidada por Augusto. Podemos observar un punto de inflexión en dos períodos:
bellum Sociale entre el 91 al 89 a.C. y período silano, a finales de los años 80
a.C.
Los factores más importantes de la
crisis son varios; por un lado, la ruptura de la cohesión interna de la sociedad
de Roma, que había garantizado hasta entonces su estabilidad y había facilitado
la expansión de su imperio.
Tal y como mantiene Duplá, “no se
trata propiamente de una crisis económica, sino más bien de los problemas
derivados de una irregular distribución de los beneficios y un reparto desigual
de la riqueza”.6 Consecuentemente aumentaron las desigualdades, el empeoramiento
de las condiciones vitales y laborales y los desajustes constitucionales que
distorsionaron las bases de la república aristocrática clásica.
El año 133 a.C. fue el detonante
del deterioro de Roma: entre el 133 y 90 a.C. la República conoce una vida
política llena de nuevas ideas que deseaban cambiar la Urbs. Con las revueltas
serviles del último tercio del siglo II a.C. la cuestión agraria de acceso a la
propiedad de la tierra, la itálica de los socii (que pretendían disfrutar de los
beneficios ciudadanos), los motines de la plebs urbana, etc. tal y como recoge
Duplá, siguiendo a Polibio, “se habría roto definitivamente la deisidaimonia
(temor a los dioses) como mecanismo ideológico de cohesión social que
neutralizaba el potencial desestabilizador de la plebe romana”. El Estado no
consiguió dar solución a las peticiones de la masa ciudadana romana y provincial
(nuestros hispanos), ansiosos de un cambio por la crisis que se intuía.
Los intelectuales e idealistas
republicanos estaban al tanto de las nefastas consecuencias que traería la
resignación de la libertad, pero sin aportar soluciones nuevas y realistas: si
la dictadura de Sila suscitó una profunda remodelación constitucional con
tendencia a reconstruir la República tradicional en la que el senado volvería a
tener la autoridad y preeminencia en la organización estatal romana, su muerte
abre un periodo de treinta años que contempla la desaparición del régimen
republicano aristocrático hacia una autocracia militar conocida como la “última
generación de la República”, uno de los periodos mejor documentados de la
historia romana, gracias a los testimonios de Cicerón, César y Salustio, quienes
aclamaron este periodo como uno de los más significativos de los últimos años de
la República.
Sila dejó el control en manos de
una oligarquía a la que donó los presupuestos constitucionales necesarios para
ejercer el poder a través del Senado, debilitado por la desaparición de las
familias nobles purgadas en los sucesivos golpes llevados a cabo por el
dictador, quienes los sustituirían por miembros del ejército. En estos años, la
ilegalidad se hizo endémica, pero la causa no eran las leyes: el fallo se
encontraba en los hombres. Según Cicerón, Roma tenía la mejor “constitución”,
pero comprendía que “la verdadera fuerza era las costumbres de sus ciudadanos.
La decadencia moral de sus
conciudadanos trajo consigo el fraccionamiento de su excelente constitución”. La
raíz del mal romano se encontraba en la ambición.
Syme en su The Roman Revolution
vinculará esta sedición del final republicano con las crisis agrarias, cambios
estructurales profundos, dificultades económicas, propuestas de reforma y
enfrentamientos políticos y sociales entre conservadores (defensoras de la
arbitrariedad de las élites) y progresistas (defensoras de la soberanía
popular). Esto se entenderá como un conflicto político “entre la aristocracia
tradicional más conservadora y el movimiento democratizador de los llamados
populares”. |
|
Roma y los hispanos: situación de la
Península Ibérica a la llegada de Sertorio
En Hispania los romanos fueron los
herederos directos de la presencia de Carthago y la creación de dos provincias
con mandos permanentes desde el 197 a.C. siendo creada para combatir la amenaza
púnica. Una vez conseguidos sus objetivos el paso a seguir hubiera sido retirar
a las tropas dejando de denominar prouincia a Hispania, pero el cese de una
intervención resulta a menudo más complicado que su comienzo. De este modo la
decisión de Roma de intervenir en Hispania en el 218 a.C. había sido senatorial,
pero posteriormente las decisiones habían sido trazadas por los generales
enviados. Desde el 206 el senado y los generales se vieron obligados a trabajar
conjuntamente.
En el 218 a.C., cuando el Senado
romano asignó por primera vez Hispania como prouincia ésta no era desconocida en
su totalidad: lo que sabían de ella tenía menos que ver con las gentes que
habitaban la mayoría del país, que con los dos grupos de colonizadores fenicios,
cartagineses y griego establecidos a lo largo del litoral del este y del sur de
la península. Los primeros autores clásicos que hablan en detalle de la
geografía y poblaciones hispanas datan del I d.C.; destaca Estrabón, quien en su
obra se lamenta de la dificultad de precisión a la hora de tratar los pueblos de
la Península Ibérica, debido al pequeño tamaño de las unidades en las que
estaban divididos y a la incompetencia de los autores griegos y latinos que lo
habían precedido.
Tras años de años de operaciones
reinó una “paz relativa” entre el 180 y 155 a.C., y a pesar de tener que
mantener en la Península numerosos efectivos, ambas provincias conocieron una
prosperidad real, plasmada en las numerosas fundaciones e intensa explotación
minera. Los indígenas se sentían expoliados, lo que llevó a los lusitanos a
atacar la Bética y a los celtíberos la Citerior. El fracaso de las legiones
entre el 154 y 151 a.C. trajo la dureza de actividades represoras, estallando en
una dura revuelta dirigida por Viriato: hizo falta una decena de años para
terminar con ella.
Hispania fue una preocupación
constante, y, en palabras de Christol y Nony, “una devoradora de soldados”,
puesto que las levas generaron violentos conflictos políticos mal conocidos
entre los tribunos de la plebe y los cónsules.
La conquista de la Península
Ibérica ofrecía opulentas tierras a los veteranos y a los itálicos emprendedores
(quienes se asentaron en el Levante y llanura del Guadalquivir), la explotación
minera que aportaba numerosos beneficios y permitía la acuñación del denario
ibérico, y además, obligaba a los indígenas a pagar tributos y suministrar
tropas auxiliares.
Nunca hubo un plan claro para
conquistar la península, sino que se produjo una situación de azar para buscar
pueblos contra los que guerrear y botín que llevarse.
Tras la derrota cartaginesa Roma
se encontró ante un territorio enorme compuesto por un conjunto muy diferente de
pueblos indígenas, que, en líneas generales, pueden dividirse en dos grupos: los
que ocupaban la cosa levantina y el sur peninsular, y los del interior y la
costa atlántica y cántabra. Hasta el siglo III a.C. se distinguían en la parte
septentrional un grupo céltico que ocupaban desde las montañas litorales hasta
la sierra de la Demanda y de Cuenca, el valle del Ebro, las costas gallegas y
portuguesas hasta Lisboa y la desembocadura del Tajo. Los que ocupaban la Meseta
central peninsular fueron denominados por autores latinos y griegos comúnmente
como celtíberos. Al oeste de estos vivían los vettones y los vacceos, en
la cuenca central del Duero. Los lusitanos, por su parte, ocupaban la zona entre
el Tajo y el Duero. En el extremo noroccidental habitaban los galaicos, seguidos
los astures, y más allá los cántabros en las montañas palentinas y cántabras.
Los pueblos de este primer grupo pertenecían a una misma unidad étnica. Pero los
de otros rincones peninsulares “podrían definirse más bien como un continuum
cultural”. La franja costera que va desde la vertiente francesa de los
Pirineos y Cataluña hasta Murcia, y el valle del Guadalquivir, estaban habitados
por los iberos. Al sur, en la parte occidental del Guadalquivir,
encontramos la región denominada por los romanos como Turdetania. El desarrollo
ibero de la costa oriental de la península se produjo más tardíamente. Y
finalmente, aunque mal conocido, nos encontramos con los hablantes “de las
lenguas euskáricas”, ancestro del vasco actual. En esta época su existencia se
rastrea gracias a antropónimos y teónimos indígenas (recogidos en inscripciones
latinas imperiales en la provincia de Navarra y la comarca aragonesa de las
Cinco Villas).
Todos ellos sufrieron el impacto
de los colonizadores griegos y fenicios (entre el IX y VI a.C.). Sobre todo, lo
sufrieron los iberos del este y del sur.
Puede continuar leyendo esta
información a través del siguiente enlace:
https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/5550/PerezGutierrezMariaLuisa.pdf?sequence=1 |